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Dos Cervecicas

Historias inventadas

Cariño

Veo a la gente pasear  despreocupada.

 

El edificio no tiene mucha altura. La suficiente para que pierdan su humanidad.

 

Recuerdo a mi padre. Siempre he querido complacerle.

 

"Ayer, durante la celebración de un encuentro de categorías inferiores se produjo -¡Que no pase! Gritaba. ¡Que no pase!- un terrible encontronazo -¡Mátalo, mátalo!- que ocasionó la muerte de un jugador..."

 

Dejé de jugar al fútbol, creo que mi padre tenía miedo de que me hiciése daño.

 

Me fijo en un calvo. Muy calvo. Demasiado brillo. Debe pulirse la cabeza cada mañana. El reflejo del sol me molesta. Mejor el grupo de niños. Son más activos, pero no se salen de los límites del arenero.

 

No entendí el cambio de casa. Iban a poner ascensor. Aunque el viejo del primero no quería.

 

"Trágico suceso en nuestra ciudad. Un anciano -Si tuviera que subir hasta aquí todos los días- cayó ayer desde un tercer piso  - ¡Cómo me molestan estos egoistas!- por el hueco de las escaleras. Se desconocen las causas por las que la víctima, que vivía en el primero, había subido a los pisos superiores..."

 

Ayer, cuando llegó a casa, estaba más huraño de lo normal. -Estoy harto de la gente, - me miró avergonzado -no hacen más que cuchichear a mis espaldas.-

 

Hay una pareja en un banco, se miran, se hablan, se ríen. Quizá se estén riéndo de mi padre. Ellos también.

 

Aprieto el gatillo.

 

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Frío

La luz cegadora me despertó.

Siento frío y no podría precisar cuanto tiempo llevo durmiendo.

La luz me deslumbra, pero no puedo cerrar los párpados.

Algún insecto se pasea por mi pecho. Estoy demasiado cansado para espantarlo, ya se irá.

Una forma indeterminada me proporciona algo de sombra. Parece una mano.

Aprovecho para mirar, de reojo, mi pecho. No hay ningún animal. Ni siquiera hay piel. Ni huesos. Sólo las entrañas, invadidas por varias extremidades que hurgan. No son manos, no tienen uñas. De color verdoso, uniforme con el brazo y el resto del cuerpo.

La luz no me permite distinguir con claridad. Sus cabezas son informes y en vez de boca, una membrana acompasa su respiración.

Escucho sus voces, pero no les veo hablar. No entiendo nada de lo que dicen.

No parecen de este mundo.

Tengo miedo. Pero no puedo moverme. Siento frío. Me adormezco...

 

- "A este me lo cerráis y otra vez al depósito. Y ligericos, que tengo otra clase y necesito el quirófano.  Y que alguien le cierre los ojos, que parece que nos mira."

 

 

Yo tenía.

Yo tenía unos abdominales marcadísimos.

Eran una tableta de chocolate perfecta.

Las aristas resultaban cortantes de tan perfilados.

Cada vez que me quitaba una camiseta se me enganchaba y se rasgaba.

Por no decir que me pasaba todo el día en la cocina; que macarrones, pues a rallar queso en los abdominales; que tarta, pues chocolate; que anemia, pues barras de hierro, y claro, eso había que limpiarlo depués.

Ducharme era un suplicio, horas y horas rascando entre músculos para que no se quedase nada de roña.

Por suerte, un día se me cayeron los abdominales de leche y me salieron los de cerveza.

Menos mal, no me daba tiempo a ahorrar lo suficiente para ponerme botox.

 

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El Maligno B

 

El Maligno B acarició, de nuevo a contrapelo, a su gato.

- ¿Pero qué se haan creído?- gritó- ¡Marciaal, Marciaalico! ¡Deja lo que estés haaciendo y ven enseguida!

- ¿Señor?

- ¿Dónde estaabas? ¿Por qué has taardado tanto? ¿Qué es esto? ¿Le haas dado de comer al gaato?

- Detrás de usted. No he podido venir más rápido. Un blog, cuaderno o bitácora. Sí.

Mientras digería toda la información el Maligno B volvió a sentarse. Esta vez el gato no se encaramó a su regazo.

- ¡Ya se que es una bitáácora! A lo que me refiero es a lo que haan escrito.

- Al parecer quieren homenajear a Don Paco Martínez Soria.

- ¡Don Fraancisco, Don Fraancisco! ¿Pero, no lo entiendes?

- Quieren resaltar su personalidad y glosar sus películas.

- ¡Nooo! ¡Que paareces tonto! Esto es una maaniobra orquestada por un grupúsculo antiregionaalista. Son demaasiado listos, no me esperaba esto de ellos. – El Maligno B agitó el ratón buscando algo entre los archivos del ordenador- El aaño pasado Esteso, este Don Fraancisco… Si siguen aasí terminaarán homenaajeando al Juaan de Laanuza, y eso no podemos consentirlo. ¿Verdaad?

- ¿Hablo con alguien de arriba para que prohíban los blogs? O mejor ¿Solicitamos un trasvase de blogueros antitodo a China? –Dijo Marcial- Aunque habrá que evitar la palabra trasvase… ¿Cambio temporal de ubicación?

- ¿Pero tú, paara qué tienes la caabeza? ¿Para llevaar gorros de esquí? De momento, al inventor de laa idea le mandas a laa cuadrilla del sombrero. Para que vaaya de cinéfilo. Y luego pones un bot a generar entraadas y comentaarios, iguaal que hicimos con el que empezó lo de Esteso. Como al otro especiaalito lo tenemos entretenido con lo de la baandera tampoco molestaará de momento.

- ¿Y los demás?

- Sólo nos queda una solución. Acompááñame.

El Maligno B se incorporó, dirigiéndose a la librería. Seleccionó un libro titulado “Estatuto de Autonomía” y lo movió. Una portezuela se abrió a su derecha. “Naadie descubrirá nunca esta entraada secreta”. Franquearon la puerta, que se cerró a sus espaldas. El angosto pasillo daba acceso a un luminoso laboratorio, desconocido hasta ahora para Marcial.

- Señor, ¿qué es esto?

- Esto es un laaboratorio. ¿No ves las probetas y los tubos de ensayo?

- ¿Pero, para qué sirve?

- Para creaar las siete plaagas, o máás, luego las destruyo y sigo paareciendo imprescindible, paara que mi poder aumente día a día. Aasí, en un futuro próximo, gobernaaré el mundo. Es un plaan lento, pero soy genéticaamente caabezudo, así que lo conseguiré. Primero esta regioncita o Liechtenstein, lo primero que paase, y luego el mundo.

- ¿Y…?

- ¿Y qué vaamos a haacer aaquí? ¿No quieren Paaco Martínez Soria? Pues vaan a tener Paaco, hasta haartarse. Duraante todos estos aaños he ido recuperaando AaDN de varios faamosos muertos. Esperaaba el momento de utilizaarlo y, por fin, ha llegaado.

-

- Vamos a mezclar el AaDN de Don Francisco con esaas crías de Mejillón Cebra. Lo soltaaremos por el Canal y por la Torre del Aagua. ¿Te imaaginas? Millones de mejillones apiñados, con sus conchas que paarecerán boinas. Toda la ciudad llenas de Paacos Martínez Cebras. ¡Juuaaaajaaaa! – La terrible risotada llenó el laboratorio, haciendo temblar varios tubos de ensayo y apagando un mechero Bunsen.

 

 

 

- ¡Elvis, Elvis! ¿Te encuentras bien?

- Priscila, por favor, prométeme que, si alguna vez me muero, no permitirás que ningún tartamudo se acerque a mi cadáver. Y, no quiero volver a comer mejillones, me provocan pesadillas.

Los dos viejecitos intentaron volver a conciliar el sueño.

Pasos

El hielo emite un gruñido sordo al ser apuñalado por el crampón. Lo único que evita que me deslice hacia abajo por esta superficie vítrea, sólida, son esos escasos milímetros de acero que el hielo ha consentido en alojar.

No siento los pies, el frío ha dejado paso al entumecimiento. Pese a estar embalados en múltiples capas de tejidos y materiales técnicos, no consigo hacerlos entrar en calor. Al menos ya no percibo dolor.

Reconozco la sensación de agarre en un movimiento tantas veces repetido. Aunque la roma punta del piolet no consigue traspasar la superficie helada, el anclaje de los pies me ofrece la seguridad que necesito, o al menos eso creo.

Las incesantes ráfagas de viento me vapulean, intento agacharme para ofrecer menos resistencia, pero tengo miedo de desequilibrarme.

El cansancio me obliga a ralentizar mis movimientos. La escasez de oxígeno obliga a tomarse las cosas con calma.

Respiro hondo, no debería hacerlo. La sequedad del aire me provoca un ataque de tos casi convulsivo. A la sequedad de la garganta se une la irritación provocada, pequeñas gotas de sangre perlan mi pechera.

El traje completo, de nylon relleno de plumas, se alía con las botas para darme aspecto de astronauta. Los lentos movimientos favorecen la impresión. Pero estoy demasiado cansado para notar la similitud.

La altura mata, aunque sigas vivo. Cada día, cada hora, cada minuto que estás aquí arriba pierdes vida. Se te escapa en la respiración, en la mirada, en el pensamiento, cada vez que te mueves aumentas el cansancio.

Hacia abajo, al final de este helado tobogán está el campo base. En la confluencia de los dos glaciares. Majestuosas y retorcidas serpientes de ojos hipnóticos.

Si presto atención me parece ver personas que me hacen señas, que me llaman. ¿Qué hago aquí si donde se está bien es allí? Volvería sobre mis pasos para tomar algo caliente, para descansar. Si no estuviera tan lejos. La distancia que nos separa es infinita. Cada paso que doy hacia delante me aleja, irremediablemente de ellos.

La cima, mi meta, es todo lo contrario, parece mantenerse siempre a la misma distancia. No importa cuanto tiempo camines hacia ella, nunca se acerca. La montaña no se cansa nunca.

Veo todas las montañas que forman el valle por debajo de mí. Pero no me siento superior. No soy más que un diminuto punto en una muralla de hielo descarnado.

Ni siquiera soy una persona, me he convertido en un autómata que repite los mismos movimientos miles de veces. Ya no importa la motivación. Ya no importa la familia. Ya no importa nada. Sólo repetir los mismos gestos una y otra vez. Gestos que nos permitirán llegar desde ninguna parte a ningún sitio.

Hace tres días que no duermo suficiente, que no como bastante, que no bebo lo necesario. A veces veo borroso. Como si mis ojos también estuvieran cansados de mirar.

Salir de la tienda se convierte en un ritual de torturas. Abandonar la escasa calidez del saco para introducirse en el frío disfraz de alpinista. Toser, maldecir, toser. Respirar entre cada movimiento intentando conseguir un poco de oxígeno que no existe. Toser, maldecir, toser. Manejar con los dedos ateridos cremalleras y cordones. Toser, maldecir, toser. Salir al exterior a enfrentarte a tu reto, una montaña que está tan lejos como ayer, y como anteayer. Toser, maldecir, toser. Cuatro horas sufriendo para seguir sufriendo. Demasiado cansado, demasiado sacrificado.

Mirar hacia arriba es innecesario, además de molesto. La sangre se ha espesado tanto por la falta de líquidos que me provoca mareos levantar la cabeza. En esta parte de la montaña una vertiginosa pared de roca me impide ver como la cima está, de nuevo, a la misma distancia. Exageradamente empinada, excesivamente larga para atacarla de frente. Por eso continuo el flanqueo por esta inclinada ladera. Por eso o porque estoy demasiado cansado para tomar otra decisión.

Limpio con mi guante la gota que se genera en la punta de la nariz. Sé que no existe. Hace días que mi cuerpo no genera líquidos, pero así compruebo que la nariz se mantiene en su sitio. No puedo ni cerrar la mano, es otra manera de ahorrar energías. Cada vez estoy más cansado, me tumbaría a dormir si no tuviera que volver a levantarme.

Me obligo a dar otro paso. Durante unos segundos perderé el frágil equilibrio que ahora tengo. El viento, el vacío y el cansancio son enemigos duros y crueles, tratarán de impedir que siga adelante.

A estas alturas, en estas alturas, cada movimiento exige un alto grado de voluntad. El cerebro busca sensaciones placenteras, comer, dormir, beber. El cuerpo se empeña en seguir adelante.

Un paso más. ¿Merece la pena?

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